A estas alturas de la edad, en este tiempo de auroras con noticias lacerantes, a los de mi generación, en esta España corroída por los expoliadores: Políticos, farsantes de la Cultura, tertulianos mercenarios, grandes empresas, banqueros y obispos de una Iglesia Tridentina, que nos van dejado un Pueblo y un Estado empobrecido de cultura, poder económico público, servicios y derechos democráticos que, a los que nos a primado la ilusión, la lucha y el trabajo por levantar este país, deseando para el, un futuro federal y republicano, en una Europa de los pueblos, vemos que no queda ya, esa Europa como referente de futuro, esa Europa Social del Estado de Bienestar, a sido liquidada por ellos, verdadero Eje del Mal, que son, la lacra de corruptos expoliadores peninsulares y, la criminal economía especulativa de los poderes financieros, ante todos ellos, solo nos queda, la indignación combativa!
https://www.epdata.es/datos/corrupcion-hoy-datos-estadisticas/61/espana/106
Rafael Narbona, Escritor y crítico literario
POR QUÉ ODIO A ESTE PUTO PAÍS (MANIFIESTO ANTIESPAÑOL)
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Cuando de pequeño escuchaba que “España
era una unidad de destino en lo universal”, me preguntaba si se referían
al éxito de Massiel en Eurovisión, cantando el “La, la, la”, pero
después del triunfo de la Roja en la Eurocopa 2012 he comprendido que
España aún sueña con fundar un Imperio Galáctico liderado por un risueño
Darth Vader ataviado con una montera y un capote carmesí. No es una
broma. Los que siguieron la batalla librada contra una Italia debilitada
por el “bunga-bunga” del Lord Sith Berlusconi, pudieron comprobar que
un torero animaba a la selección, recordando al mundo que España siempre
será la patria del botijo, las tonadilleras, el tricornio y el garrote
vil.

Odio a este puto país porque al cruzar
los Pirineos la caspa deja de ser un problema de higiene y se convierte
en un signo de identidad nacional. Odio a este puto país porque sus
pueblos aún martirizan a los animales, alegando que taladrar la piel de
un toro con un estoque o lanzar a una cabra desde un campanario es arte y
no tortura. Odio a este puto país porque presume de unos huevos de oro,
pese a su cobardía con las incontables víctimas de la rebelión de los
generales en 1936. España es un gran cementerio bajo la luna, una
gigantesca fosa clandestina donde aún se amontonan los restos de
maestros, poetas, obreros, campesinos, socialistas, anarquistas y
comunistas, asesinados por luchar contra terratenientes, señoritos,
banqueros, curas y militares. Nada augura que esos restos hallarán una
digna sepultura o que el espeluznante mausoleo de Cuelgamuros será
dinamitado, corriendo la misma suerte que los edificios y monumentos de
la Alemania nazi y la Italia fascista. Odio a este puto país porque es
un Reino y no una República, con un idiota coronado que extermina
elefantes, confraterniza con dictadores, colecciona Ferraris en mitad de
una pavorosa crisis económica y rivaliza con su tatarabuela Isabel II
en promiscuidad, molicie, avaricia, oportunismo, populismo, estulticia y
arribismo.

Odio a este puto país porque ha
convertido el traje de gitana en símbolo nacional, sin avergonzarse de
haber maltratado y hostigado durante siglos al pueblo romaní,
confinándole en lejanos basurales. Odio a este puto país porque su
unidad se ha construido sobre invasiones, matanzas y expolios. Odio a
este puto país porque se identifica con la bandera de los Borbones y no
con la enseña tricolor de la Segunda República. El rojo y gualda es una
herencia (otra más) del franquismo, una dictadura tan sangrienta como
ridícula, donde un militar bajito y con voz de espantapájaros se hizo
llamar Caudillo y Generalísimo, escribiendo algunas de las páginas más
negras de la historia universal de la infamia.

He nacido en este puto país, pero
preferiría ser un piel roja o un extraterrestre perdido en el espacio.
He nacido en este puto país, pero preferiría que la selección española
no hubiera ganado la Eurocopa, particularmente después de saber que sus
jugadores tributan sus bonificaciones en el extranjero para eludir la
presión fiscal.

He nacido en este puto país, pero no me
emocionan las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal, dos millonarios
sin complejos que juegan con Hacienda al escondite inglés. Rafa Nadal
es tan buen chico que recuerda a Doris Day: sonriente, educado, bobo,
soso, lelo, acartonado, previsible. Si hubiera trabajado en el Hollywood
de los años 40, habría sido un aburrido galán de serie B, incapaz de
propinar un puñetazo creíble o de recitar su diálogo, sin transmitir la
sensación de ser el protagonista de una función escolar, con el talento
interpretativo de un chimpancé. Fernando Alonso no parece un buen chico.
Fernando Alonso tiene aires de rufián acostumbrado a matar las horas
con un palillo de dientes en la boca y una copa de anís en la mano. No
hace falta mucha imaginación para asignarle el papel de villano en una
película de cine mudo o de hampón en un entremés escenificado en una
corrala atestada de busconas y galeotes. Si se dejara crecer el bigote y
una coleta, sería un aceptable Fu Manchú, tejiendo planes maléficos
para alimentar su megalomanía hiperbólica.

Odio a este puto país porque ha
permitido que sus grandes cómicos murieran en un inmerecido olvido.
Gracita Morales pasó los últimos años de su vida sin recibir ofertas de
trabajo a la altura de su genio irrepetible. Condenada a interpretar
papeles secundarios en las series televisivas, se hundió poco a poco en
la depresión.

Odio a este puto país porque algunos de
sus grandes escritores han muerto en el exilio, la cárcel o asesinados
por españolistas furibundos. Las imágenes de un Antonio Machado enfermo y
prematuramente envejecido agonizando en una modesta pensión de Colliure
o de Miguel Hernández entregado a la Guardia Civil por la policía del
infame Salazar siempre nos recordarán la esencia de un país que ha
maltratado a sus poetas y nunca ha tolerado a sus disidentes. Ser
heterodoxo en España significa vivir con un pie en la horca. El
asesinato de García Lorca refleja ese odio atávico que siempre ha
caracterizado a un país áspero y huraño.



La brutal paliza que tres falangistas le
propinaron al cantante de copla Miguel de Molina por ser homosexual y
republicano aún inspira a los matones que apalean a inmigrantes, “rojos y
maricones”, abusando de sus músculos de gimnasio y del calor de la
manada, que les garantiza un victoria fácil sobre un rival indefenso y
con miedo a recurrir a una policía aficionada a los mamporros y a la
presunción de veracidad, una pirueta jurídica que atribuye a los agentes
una infalibilidad sobrenatural.


Odio a este puto país porque se emociona
con sus éxitos en el pueril entretenimiento del balompié, sin reparar
que los verdaderos héroes no son unos jugadores adictos a los paraísos
fiscales, sino los bomberos que extinguen incendios o los mineros que se
enfrentan con tirachinas a las bocachas de la Benemérita,
permitiéndonos soñar con una marea roja que ahogue a los adoradores del
Becerro de Oro. Odio a este puto país porque todos los años mueren
decenas de mujeres, asesinadas por un machismo profundamente enraizado
en una sociedad que presume de sus cojones, convirtiendo los genitales
masculinos en la metáfora de su chulería colectiva. Odio a este puto
país porque se ha resignado a que el 20% de los niños viva en la pobreza
y a que las oligarquías financieras sigan acumulando privilegios. Odio a
este puto país porque ha asimilado el dogma de la no violencia,
olvidando que las grandes transformaciones sociales siempre se han
producido con estallidos revolucionarios. Conviene recordar que la
heroica defensa de Madrid durante 1936, la revolución de Asturias en
1934 o la Semana Trágica de Barcelona en 1909 no se hicieron con
manifestaciones pacíficas, sino con dinamita, fusiles y cócteles
Molotov. Odio a este puto país porque llama terroristas a los autores de
los atentados contra Melitón Manzanas y Carrero Blanco. Melitón
Manzanas era un brutal torturador que había perfeccionado sus técnicas
de interrogatorio con la Gestapo durante la ocupación de Francia.
Carrero Blanco era el gorila del régimen franquista, la quintaesencia de
una dictadura responsable de un genocidio. Sólo en la postguerra se
fusiló a 192.000 personas en los diferentes campos de concentración
levantados para descabezar cualquier forma de resistencia u oposición.


Odio a este puto país porque ya no lee a
sus clásicos. Luis Cernuda describió el alma española como “una meseta
ardiente y andrajosa” que adquirió “una gloria monstruosa” sometiendo a
otros pueblos con su “sinrazón congénita”. Valle-Inclán escribió que “en
España el trabajo y la inteligencia siempre han sido menospreciados.
Aquí todo lo manda el dinero”. Por eso, hay que eviscerar a los patronos
y exhibir sus entrañas negras. “Todos los días una patrono muerto, a
veces dos… –apunta Max Estrella en Luces de bohemia (1924)-. Eso
consuela”. Y añade algo más adelante, comentando la infame ley de fugas
aplicada a los anarquistas: “La Leyenda Negra, en estos días menguados,
es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y
vergüenza”.


Yo sólo admiro a una Roja: Dolores
Ibarruri, Pasionaria. Odiada por la derecha más intolerante, encarna el
espíritu de resistencia de la clase trabajadora, que se arrojó a la
calle para defender Madrid contra los militares golpistas. Pasionaria es
la madre de todos los rebeldes, de todos los que no se rinden, de los
que han perdido el miedo a las represalias y prefieren la muerte a las
humillaciones. Pasionaria es la España antifascista, roja, libertaria,
socialista, solidaria e igualitaria. Mi madre escuchó a la Pasionaria
despidiendo a las Brigadas Internacionales y aún recuerda su voz, llena
de emoción y dignidad. Los 9.000 voluntarios extranjeros que murieron en
España combatiendo al fascismo son los verdaderos héroes y no los
deportistas que sólo se preocupan de su peculio. Las protestas de los
mineros podrían ser la primera piedra de un futuro diferente, sin
Borbones, Guardia Civil, políticos venales, obispos homófobos, toreros
sanguinarios, empresarios sin conciencia y banqueros corruptos.

Valle-Inclán soñó con una guillotina
eléctrica en la Puerta del Sol. Su afilado cartabón sería la espada de
Teseo decapitando a explotadores, represores, escritorzuelos y usureros.
No puede existir misericordia para los que conspiran contra la sanidad,
la escuela y el pan de las familias. Si ese sueño se realiza, si las
calles se llenan de banderas rojas y tricolores y se hace justicia con
los verdugos de la clase trabajadora, ser español ya no estará asociado a
las procesiones de Semana Santa y a la cabra de la Legión, sino a una
insurrección que hizo rodar cabezas, sin avergonzarse de imitar el color
de la aurora, convirtiendo las calles en ríos de sangre y el hotel Ritz
en el cuartel general de las milicias revolucionarias.

Narbona